Ya era la segunda vez.
La segunda vez que cometía el mismo error en menos de una década.
Melina lo sabía: ante cualquier sugerencia que saliera de la boca de él, debía ser fuerte. Decirle que no. Sin matices, sin excusas elaboradas, sin abrir puertas que ya conocía demasiado bien.
Porque no importaba lo que dijera.
“Se está muriendo mi perro y necesito verte”. No.
“Tuve un accidente, estoy hecho mierda. Necesito verte”. No.
“Te amo. Necesito verte”. Tampoco.
Nada de eso cambiaba lo esencial.
La primera vez fue a los 21, cuando hizo swipe right en una aplicación de citas y apareció él. Pelo negro —como su alma, pensaría después—, sonrisa impecable y una mirada de esas que parecen entenderte antes de que hables.
A Melina le tomó más de un mes aceptar salir con Giuliano. Pero cuando finalmente se vieron, cayó. Y cómo no: sintió que compartían códigos invisibles, referencias, silencios cómodos. Una misma alma, incluso.
Pequeña ilusa.
Fue un romance intenso y breve. No alcanzó a durar tres meses; con suerte, dos y medio. Terminó el día en que ella se atrevió a decir lo que sentía… y él no respondió. Ni siquiera abrió el mensaje.
Melina sintió confusión, vergüenza, el golpe seco al ego. Hasta que Julia, su mejor amiga, puso las cosas en su lugar:
“Meli, tiene 25 años. No es un cabro chico. Eligió desaparecer en vez de ser honesto. Tú no quieres eso”.
Y así, con la crudeza que solo una amiga de verdad puede permitirse, el capítulo quedó cerrado. O eso creyó.
A los 26, Melina viajó a Buenos Aires.
Siempre había amado esa ciudad. Era un fin de semana largo y decidió dejarse llevar por ese impulso tan característico del despecho:
La necesidad de encontrar sentido en lo nuevo, en lo espontáneo, en cualquier cosa que distraiga del vacío. Una generación entera marcada por esa peligrosa consigna de “hacerlo por la trama”. Somos unos pobres diablos, pensó. Y esta autora también.
Sentada en Puerto Madero, observaba a la gente trotar, pasear, reír. Ella, en cambio, se sentía fuera de lugar. Tenía las ojeras de quien toma un vuelo a las seis de la mañana porque es el más barato, y la incomodidad de quien todavía no puede hacer check-in.
Eran las once. Su habitación recién estaría lista a las una, previo pago de unos dólares extra para ahorrarse dos horas más de la típica espera hasta las tres de la tarde, tan característico de los hostales.
Con su equipaje de mano a un costado y un cigarro entre los labios, miraba el río como si allí pudiera encontrar alguna respuesta. No eran decisiones felices las que la habían traído hasta ese punto. Pero, por primera vez, estaba enfrentándose sola a algo.
Y eso, aunque doliera, también tenía valor.
—La huella de tu canto echó raíces, Melina, y vuelven a reír tus ojos grises, Melina.
La voz apareció de golpe, rompiendo su ensimismamiento. Melina se giró bruscamente y se ahogó con el humo.
Él sonrió.
Melina no dijo nada. Solo lo miró.
—Cuando eras más chica te recuerdo más conversadora y expresiva—añadió Giuliano, con esa media sonrisa que siempre parecía esconder algo.
Ella apagó el cigarro, sin haberlo disfrutado realmente.
—No esperaba verte en otro país… ni siquiera en Chile.
—¿No te acuerdas que tengo familia en Buenos Aires?
Claro que se acordaba. Recordaba incluso más de lo que le gustaría admitir: que eran descendientes de italianos, que su familia se había instalado en Mendoza antes de moverse por otros lugares de Argentina antes de llegar a Chile, que esos detalles se los había contado como si fueran insignificantes. Cada cosa había quedado guardada en su memoria con una precisión casi ridícula.
Pero no iba a dárselo.
—Ah, mira… no me acordaba —dijo, restándole importancia.
Él hizo un gesto leve, pidiendo permiso para sentarse. Ella asintió.
Giuliano la observó con detenimiento. No de forma descarada, sino con esa intensidad silenciosa que incomoda porque parece ver más de lo que uno quiere mostrar. Como si intentara reconstruir, en segundos, todo lo que se había perdido en cinco años.
Melina desvió la mirada.
—No te ves feliz —dijo él.
Ella soltó una risa genuina.
—¿Por el pelo apelmazado y el buzo de avión?
—Y el olor a cigarro, no lo olvidemos.
Melina lo recorrió de pies a cabeza. Apenas insinuó una sonrisa.
—Siempre un caballero.
Se quedaron en silencio unos segundos. Y en ese silencio, algo incómodo pero familiar se instaló entre ambos.
Una chispa.
Melina sintió un leve destello de algo peligroso. ¿Destino? ¿Casualidad? ¿Otra oportunidad?
No.
Una vez ya había sido suficiente.
—Vine por el fin de semana —dijo al fin—. Encontré una oferta… y me gusta Buenos Aires.
—Lo recuerdo —respondió él.
Mentira, pensó ella. Pero no dijo nada.
—Supongo que debería ser la adulta aquí —continuó—. Olvidar lo que pasó… o no pasó, y preguntarte qué ha sido de tu vida.
Giuliano sostuvo su mirada.
—Éramos unos niños.
—Tenías un año menos que yo ahora —respondió ella, serena—. Y jamás se me habría ocurrido hacer lo que tú hiciste.
Por primera vez, él pareció incómodo. No fue evidente, pero estuvo ahí: un leve endurecimiento en la mandíbula, una pausa más larga de lo normal, la mirada desviándose un segundo.
Y aun así, algo en él seguía siendo magnético.
—Culpable —admitió finalmente.
Melina lo analizó. Parte de ella quería creer que el tiempo lo había cambiado. Que cinco años podían convertir a alguien en una versión distinta de sí mismo. Otra parte sabía que estaba a punto de repetir la historia.
—¿Dónde te estás quedando? —preguntó él.
—No te voy a invitar a ver Netflix —respondió ella, ligera.
Él rio.
—Por avenida Independencia. No tan lejos. ¿Por qué?
Giuliano inclinó levemente la cabeza, como si evaluara algo. Su forma de mirarla era la misma de siempre: directa, casi íntima, pero imposible de descifrar.
—Me gustaría invitarte a tomar algo —dijo—. No bebo alcohol, pero conozco un lugar donde se come bien. Hay cosas que me gustaría explicarte.
El corazón de Melina se aceleró.
La Melina de 21 años habría dicho que sí sin pensarlo. La de 26 sabía perfectamente que debía negarse.
Y aun así…
—¿Cómo se llama ese lugar?
—La Poesía. Está en la esquina de Chile con Bolívar.
—Lo conozco —respondió ella—. Buena recomendación bonaerense.
—¿Nos vemos ahí hoy a las ocho?
Melina asintió.
—Supongo que necesitas mi número. Por si decides desaparecer otra vez.
Él sonrió, apenas.
—Nunca lo borré.
Esa frase le cayó distinto. Como una pequeña grieta en su armadura.
La tarde pasó lenta.
Melina llegó a La Poesía unos minutos antes. El lugar estaba igual de hermoso: luces cálidas, mesas de madera, esa nostalgia porteña que parecía diseñada para encuentros importantes.
Pidió un Tom Collins.
A las ocho en punto, miró la puerta. A las ocho cinco, revisó su teléfono. A las ocho siete, llegó el mensaje.
“Lo siento, no puedo”.
Melina cerró los ojos un segundo.
Lo sabía.
En algún rincón muy profundo, lo había sabido desde el inicio. Y aun así, había caído otra vez. Limpia. Redonda.
Suspiró. Sin sorpresa, pero con una decepción que ya conocía bien.
Bloqueó el número.
Levantó la mano.
—Otro Tom Collins, por favor.
Después de todo, ahora la vida se trataba de hacerlo por la trama.



