"El horror enmascarado" de Rodrigo Cid Santos
El pasado no se cierra mientras el silencio siga activo.
En los relatos sobre la dictadura chilena, la memoria suele organizarse en torno al sufrimiento de las víctimas y a la reconstrucción del daño provocado por el aparato represivo. El horror enmascarado, del periodista Rodrigo Cid Santos, decide avanzar por un camino menos transitado y, por lo mismo, más incómodo. En lugar de centrarse exclusivamente en el padecimiento de quienes fueron perseguidos, el libro se adentra en el funcionamiento cotidiano de quienes hicieron posible la maquinaria del terror.
Ese desplazamiento de perspectiva es el punto de partida de la investigación. Cid se pregunta cómo operó la represión desde dentro y qué condiciones permitieron que secuestros, torturas y desapariciones se integraran a una estructura que funcionaba con jerarquías, rutinas y procedimientos. El resultado es un relato que observa el terror como sistema. No como estallido irracional, sino como práctica organizada.
Para sostener esa reconstrucción, el autor recurre a un trabajo periodístico apoyado en expedientes judiciales, documentos desclasificados y testimonios de sobrevivientes y protagonistas. Las escenas aparecen siempre situadas en tiempo y lugar, con nombres propios y fechas precisas. Esa decisión narrativa tiene un efecto claro: mostrar que la represión no fue improvisada ni difusa, sino una estructura que operó con método.
Dentro de ese aparato, la figura de Manuel Contreras ocupa un lugar central. Director de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), Contreras aparece retratado como un operador que comprendía el poder en términos de control de información y de lealtades. Según el libro, incluso antes del golpe militar ya había intentado impulsar un proyecto de inteligencia que fue rechazado por generales como Guillermo Pickering y Carlos Prats por considerarlo antidemocrático. Años después, ese diseño terminaría convirtiéndose en la base de la DINA, organismo que funcionó con autonomía frente a otros servicios de inteligencia y que concentró gran parte de las operaciones represivas del régimen.
El texto muestra cómo esa estructura se sostuvo en una combinación de disciplina interna, jerarquía militar y una lógica de premios y castigos que transformó la supervivencia en moneda de intercambio. La represión aparece entonces como un trabajo organizado, con ejecutores concretos.
Entre ellos destaca Miguel Krassnoff, uno de los jefes operativos más activos en la persecución contra el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), actualmente condenado a más de mil años de presidio por delitos de lesa humanidad.
A partir de esos nombres, el libro reconstruye el funcionamiento de una red de centros clandestinos de detención que actuaban como estaciones dentro de un mismo circuito represivo. Londres 38, José Domingo Cañas y Villa Grimaldi aparecen como nodos donde la tortura era utilizada como herramienta de inteligencia para reconstruir organigramas políticos, identificar redes de militantes y localizar refugios clandestinos. El objetivo era desarticular estructuras completas a partir de detenciones sucesivas.
A través de casos como los de Lumi Videla o Cecilia Jarpa, el libro muestra cómo operaban prácticas como el llamado “poroteo”, método mediante el cual detenidos eran obligados a identificar a otros militantes en la vía pública bajo vigilancia de agentes. En ese contexto, la represión deja de aparecer como violencia indiscriminada y revela su dimensión estratégica.
Sin embargo, uno de los aspectos más perturbadores del libro surge en otro plano. Rodrigo Cid se detiene en la “doble vida” de muchos agentes represivos. Hombres que mantenían carreras, familias y relaciones sociales mientras participaban en secuestros y torturas. Esa coexistencia entre vida doméstica y brutalidad sistemática es la clave conceptual del título. La máscara que describe el autor es precisamente esa apariencia de normalidad que permitió que el horror conviviera con la vida cotidiana.
El caso de Luz Arce ilustra de manera dramática esa lógica. Detenida y sometida a torturas, Arce terminó colaborando con la DINA en la persecución de militantes. El libro utiliza su historia para mostrar cómo el aparato represivo podía quebrar identidades y producir colaboraciones forzadas mediante la alternancia entre violencia extrema y promesas de protección.
El libro también examina el período posterior a la dictadura, cuando las causas por violaciones a los derechos humanos comenzaron a avanzar lentamente en los tribunales. Durante los años noventa, recuerda el autor, las sentencias se concentraron en unos pocos casos emblemáticos mientras la mayoría de los procesos permanecía estancada. Solo a partir de comienzos de los años 2000, con la designación de jueces dedicados exclusivamente a estas investigaciones, la justicia comenzó a avanzar con mayor decisión.
Ese recorrido permite conectar pasado y presente. La historia del aparato represivo no termina con la caída de la dictadura. Continúa en debates contemporáneos sobre memoria, justicia e impunidad, como el que rodea a la cárcel de Punta Peuco, recinto especial donde cumplen condena varios ex agentes… aunque quizás no por mucho tiempo más.
No puedo dejar de compartir el siguiente fragmento, ubicado en la página 144.
—Mi conclusión más fuerte es que cuando uno se aproxima a esto, yo como investigadora esperaba encontrar emociones como vergüenza o arrepentimiento. Por lo que uno dice, cómo estas personas se disocian, en el marco analítico que tú estás trabajando, y que uno piensa que cualquier persona con sentido común haría. Pero en todos estos casos —y eso es lo más terrorífico y perturbador— sus entornos los protegen permanentemente.
Entonces ellos no están disociados, porque sus entornos validan el relato que hace sentir que lo que ellos hicieron estaba bien. No hubo nunca, en la gran mayoría de los casos —a diferencia de la primera generación alemana— relatos de transmisión de vergüenza o de arrepentimiento.
Por lo tanto, esta idea de que había que pedir perdón o que se iba a sentir en algún minuto como dolor por lo que se le hizo a la víctima, eso fue una ilusión que venía del marco analítico del Holocausto.
En ese punto, El horror enmascarado se instala en una discusión más amplia. Comprender cómo funcionó la maquinaria del terror, sugiere Rodrigo Cid, es una condición necesaria para comprender el período y también para evitar su repetición. El libro dialoga con la idea de la “banalidad del mal”, formulada por Hannah Arendt, al mostrar cómo personas aparentemente comunes pueden integrarse a sistemas de violencia cuando la obediencia reemplaza al juicio moral.
Lejos de ofrecer un cierre tranquilizador, la investigación del autor deja una advertencia abierta:
El mal político no siempre se manifiesta de manera extraordinaria. Con frecuencia se presenta bajo la forma más eficaz de todas: la normalidad.
Referencias:
https://www.bbc.com/mundo/articles/cp39jnk3p52o
https://www.londres38.cl/1937/w3-article-95546.html
https://www.planetadelibros.cl/libro-el-horror-enmascarado/444279



