El papá de Cecilia siempre había sido un hombre peculiar.
Cuando ella nació, Manolo sintió que su vida cobraba sentido. Al fin tendría algo por lo que vivir. Una familia junto a su esposa, donde las promesas de una vida juntos no se apagarían nunca. Sin embargo, cuando Cecilia cumplió diez años, su madre se fue para nunca más volver. Dijo que se iría de viaje y que no tardaría en regresar. Nunca lo hizo.
Quizás por eso don Manolo se había convertido en un hombre emocionalmente inaccesible. Nunca hablaba de la mujer que se fue, rara vez salía un “te quiero” de su boca y era de esas personas que sabes que te quieren, pero que apenas te abrazan cinco segundos para tu cumpleaños y diez en Año Nuevo. Año Nuevo, porque todavía conserva la ilusión de los comienzos. Manolo creía en esas cosas.
A pesar de todo, Cecilia amaba a su padre, aunque había aprendido a mantener una barrera emocional con él. No quería parecerse. Era un hombre que drenaba la energía de cualquier habitación, pero no era un mal hombre. Solo un cincuentón que nunca se hizo cargo del equipaje emocional que arrastraba. Era más cómodo así. Habitar el papel del esposo abandonado con una niña de diez años a la que criar.
Por eso, cuando a sus veintinueve años Cecilia lo llamó por teléfono para contarle, entre lágrimas, que su relación con Tavo. había llegado a su fin, sabía que no encontraría discursos de superación ni grandes palabras de consuelo. Pero era su padre. Algo tenía que decirle.
Lo que no esperaba era escuchar una perorata sobre cómo dormir con la Sole lo había marcado.
—La Sole es tentadora… es de esas que te engatusan sin hacer mucho. Te deja creer que fuiste tú el que la elegiste. A mí me gusta porque no me pide nada. Hay silencio constante entre los dos.
Cecilia apretó el teléfono contra la oreja. Con la otra mano se secó la cara, arrastrando las lágrimas hacia el mentón. No entendía si su padre estaba bromeando o si se había perdido algo importante en su vida.
—¿Quién es la Sole, papá? —preguntó, entre lágrimas e hipo descontrolado.
Llevaba casi cinco años viviendo con Tavo y nunca le había conocido una pareja a Manolo. En cualquier caso, no era el momento para ese tipo de confesiones.
Manolo hizo caso omiso a la pregunta.
—Tiene algo… —continuó, con una calma que desentonaba—. No te apura. No te mira con cara de “qué te pasa”. No te pregunta en qué estás pensando todo el rato.
Cecilia frunció el ceño. Miró la pantalla del teléfono un segundo, como si necesitara comprobar que la llamada seguía ahí.
—Es fácil estar con ella. Te deja tranquilo. Te deja ser como eres, sin tener que andar explicándote.
Cecilia cambió el peso de un pie a otro. Sentía el cuerpo incómodo, como si la conversación no tuviera lugar donde afirmarse.
—Y en la noche… es mejor todavía —añadió Manolo, bajando un poco la voz—. Se mete en la cama contigo y no molesta. No te roba las sábanas, no se da vueltas, no te despierta. Está ahí, quieta.
Cecilia apretó el teléfono con más fuerza.
—Papá…
—Y uno empieza a preferir eso —la interrumpió—. A no tener que hablar si no quiere, a no tener que tocarla si no tiene ganas. Es cómodo.
Se hizo un silencio.
Uno de esos que no se sienten compartidos.
—¿Quién es la Sole? —repitió Cecilia, esta vez más seca.
Manolo soltó una pequeña risa.
—Tiene sus cosas, eso sí. Porque cuando se queda mucho rato… se pone mañosa. Empieza a ocupar más espacio. Se mete en todos lados. En la mesa, en el sillón, en la cabeza.
Cecilia dejó de caminar.
—Y ya no es tan fácil sacarla. Aunque quieras.
El aire se volvió más pesado al otro lado de la línea.
—Por primera vez, no estamos hablando de ti. Por favor. No me importa quién es la Sole ni las cosas que te hace sentir. Bacán, tienes cincuenta y ocho años y todavía te funciona.
Se arrepintió al instante.
Irrespetuosa. Vulgar. Irrespetuosa.
Manolo guardó silencio. Luego soltó una risa breve, suave.
—Es la soledad.
Las palabras quedaron suspendidas.
Cecilia no dijo nada.
—Y yo no creo que seas capaz de enfrentarla.
Sintió el golpe.
—Nunca has estado sola. Te fuiste de acá para armar tu intento de familia, me dejaste solo… y ahora te toca.
Cecilia tragó saliva. Miró alrededor de la pieza, como si recién la viera.
—Vas a conocerla. No sé si lo logres, amor mío. Te va a comer.
Una pausa.
—Pero al menos vamos a tener algo en común.
Cecilia se quedó en silencio. El teléfono seguía en su mano, pegado a la oreja, pero ya no estaba escuchando del todo.
Quiso responder. No le salió nada.
Cortó.
Las palabras de Manolo quedaron marcadas en su mente. Sabía que sería capaz. Tenía que serlo. Pero la inundaba un temor persistente: encontrarse sola con sus propios demonios. Luego intentaba convencerse de lo contrario. ¿Quién no ha tenido, alguna vez, un roce con el infierno? Iría paso a paso.
Esa noche, en su departamento nuevo, el silencio le pareció distinto. No era ausencia de ruido. Era otra cosa. Algo que se instalaba sin pedir permiso.
Apagó la luz de la mesa de noche y se acostó en el lado contrario al que solía ocupar con Tavo. La cama se sentía demasiado grande, demasiado intacta, como si nadie la hubiera habitado antes. Se acomodó una vez, luego otra, buscando una posición que no le resultara del todo ajena.
Cerró los ojos, pero no logró sostenerlos así por mucho tiempo. Los volvió a abrir y fijó la mirada en el techo, donde las luces de la calle dibujaban sombras que se desplazaban lentamente. Intentó seguirlas, contarlas, distraerse.
Pensó en lo que se había repetido más temprano, casi como una defensa: que todos tienen algún roce con el infierno. Que no podía ser tan terrible. Que se podía atravesar.
El cuerpo, sin embargo, no entiende de argumentos.
Se mantuvo rígida en su lado de la cama, el que no le pertenecía antes, como si quedarse ahí fuera una forma de control. Evitó moverse más de la cuenta, consciente de cada centímetro del espacio vacío al otro lado.
Pero el cansancio empezó a aflojarle el cuerpo.
Primero un hombro. Luego la cadera.
Hasta que, casi sin notarlo, giró apenas, lo suficiente para sentir el vacío sin tocarlo del todo. Se detuvo de inmediato, tensa, como si hubiera cometido un error.
No había nada.
Se quedó quieta un momento, con el pulso ligeramente acelerado. Luego estiró la mano y tomó la almohada. La acercó con cuidado, la acomodó contra su pecho, buscando ese abrazo habitual antes dormir y que ya no estaba ahí.
Respiró hondo.
El silencio no se rompía. Se acomodaba.
Cecilia cerró los ojos otra vez, con más fuerza, como si pudiera evitar mirar de frente ese lugar al que, poco a poco, estaba entrando.
Tal vez esto era.
Tal vez así empezaba.
No estaba lista para dormir con la Sole.
Pero por primera vez entendió que, como en todo infierno, una no siempre decide cuándo cruza la puerta.



